diciembre 26, 2011

Son dos cosas.

Y el viernes fui a comer con Viento. Cómo casi todas las veces que como con él, siempre llega el momento de la noche donde nos ponemos a hablar sobre si la amistad que tenemos termina o no de hacerme bien. Obviamente le respondí que peor sería no tener ningún tipo de relación, y que lo único que a mi me importa es verlo feliz.

Y vos me mandás un mensaje el 25 para amigarnos.

Le dije eso y se produjo un silencio. Nunca me voy a cansar de repetir que nuestros silencios tienen de especiales que no son jamás incómodos. Pero esta vez él tenía los ojos húmedos. Y le pregunté si le pasaba algo. Apenas pudo hilvanar una o dos oraciones, y se puso a llorar sobre mi brazo cuando lo abrazaba.

Estás leyendo El Secreto porque necesitás que te digan las cosas de una manera escolar.

No sé como hice para mantenerme firme, abrazándolo. Porque el alma (el cuerpo, la mente, lo que sea) se me caía a pedazos. No podía llorar aunque todo mi ser lo quería. Es más, hasta hoy no pude llorar y no precisamente porque no lo "quisiera" o sintiera necesario.

No sabés cómo o cuando vas a venir, pero sabés que vas a venir. Es algo. Yo también tengo ganas de recibirte así, pero sabés cómo son las cosas. 

Fue durísimo. Después, tomándonos un té en Magritte le hice prometerme que nada iba a cambiar entre nosotros. El miedo que más me perseguía era el de no poder volver a querer así, pero recién empezado el domingo me di cuenta (bah, Yaye me hizo dar cuenta) de que uno nunca vuelve a querer de la misma forma que quiso. A cada persona se la quiere de forma distinta. Como una huella digital.

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