abril 05, 2012

Tren.

El cotorreo de comadres alegres no llegaba al tren. En uno de los últimos vagones, él reclinaba su cabeza sobre mi hombro y me contaba lo que esperaba de la vida. De su vida. Yo entrecerraba los ojos -un poco por el sol, un poco por el sueño- y le acariciaba el pelo, sin por eso dejar de escucharlo.
No me acuerdo a donde íbamos, y dudo haberlo sabido en ese momento. Siempre había querido subirme a un tren -un colectivo, un auto, es lo mismo al caso- y andar sin destino. Amo viajar.
A él lo amaba casi de igual forma.
Pero las personas van y vienen, mientras que sé que voy a viajar hasta el día que me muera, si la salud me lo permite.
Esa era una de las cosas en las que pensaba en ese tren, con su cabeza en mi hombro, que me gustaría morir viajando.

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