agosto 13, 2012

Burbujas.

Ya no sé hace cuanto lo conozco a Javier. Lo mismo da dos o cuatro años que toda la vida. Importa que lo conozco.
Casi siempre lo veo por la tarde, cuando el sol está a punto de ocultarse; o por la noche, siempre y cuando haya estrellas en el cielo para poder mirar y perderse un rato en las alturas. Si le pregunto, seguro me dice que prefiere los días nublados a los soleados, pero sé que es mentira.
Javier es -en muchos aspectos- como una burbuja de jabón. Vuela, sube con el viento, brilla, sonríe y si lo mirás mucho tiempo empezás a escuchar una musica que parece de xilofón, alegre y simpática. Hasta que se pincha. Entonces cae al suelo, se termina la música y parece que con nada lo vas a poder levantar. Y te ponés triste porque hace un ratito era un pequeño sol, por que las cosas son efímeras, porque es tan frágil.
Siempre que revienta trato de llevarlo a su casa, le preparo un té con galletitas de agua y le leo un cuento. Él sonríe tímidamente, agradeciendo la caricia al espíritu. Es entonces cuando le paso una mano por la cabeza, lo despeino y juego con su pelo. Él ya está mejor y empieza a reírse, y yo me pongo muy contento porque está bien de nuevo. Pero se hace tarde y tengo que volver a mi casa, a la rutina, a estudiar un poquito.
Le preparo otro té con galletitas de agua y le dejo un cuento para que lo lea en la cama, antes de ir a dormir.

Noviembre, 2010

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