agosto 08, 2012

Escarabajos

Los escarabajos de la ciudad. Un piso alto.
La concentración de una nube de ideas. Frases inconexas. Esfuerzo biográfico. El viento sopla entre los árboles mientras corrés por la ciudad. Sauces de cemento, líneas de hojas. Reiterada contracción de un pensamiento. El caminante camina entre las sombras que proyecta una iglesia en ruinas. Repentinamente, luz. Un laberinto que se abre en lo profundo de la tierra. ¿Por qué no puedo escribir? ¿Por qué siento que tengo que pensar en otra cosa?
Una cara que no es la mía -que no es, honestamente, la de nadie- viene a mi memoria. Hay un gusano que persiste en infectar. Hay una duda que persigue. O quizás una cerveza. O una certeza.
La promesa del tiempo que vendrá muchas veces fomenta la inacción. Pero la hora es hoy y no hay pasaporte que nos saque. Tampoco hay boleto que nos lleve a donde nos gustaría estar, o a donde creemos pertenecer. Ni siquiera escribir puede movernos tanto como para sacarnos de esta mesa y llevarnos a algún paraíso cercano. Hace tanto que no uso los anteojos que ya no puedo ver ni siquiera el futuro. Tengo  presente, sólo presente. Y eso, en el fondo, no está tan mal.
¿Qué es el pasado? ¿Dónde está? Si yo hoy no lo recuerdo, el pasado no existe, nunca existió. Es otra de las tantas mentiras que hay en el mundo. Pero no. Tiene que haber pasado. Tiene que haber algo que recordar. Yo no soy si no hay recuerdo. Nadie es si no hay recuerdo. No hay libros, no hay películas, no hay fotos. No hay futuro. Porque pensar en el futuro es, indirectamente, pensar en el recuerdo.

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