noviembre 14, 2013

Devenu particulier

Me harté de verla siempre en la misma esquina del café, esperando la respuesta  o la esperanza que no es. “Ya no tengo ganas de esperarlo, no sé cuándo o siquiera si va a venir” le escuché decir una vez. Lo peor, y no sé si ella lo sabe, es que él cambia cada tanto de cara. Y a veces de alma.
“Quiero pasear en bicicleta” decía la otra vez “Como los locos, en un día soleado como casi siempre es ayer”.
Finalmente se levantó y salió del café. Mis ojos, como cámaras de cine, la siguieron. Plano corto a su boca, a esos labios delgados pero sensuales que parecen siempre estar por decir “te amo”. Caminó, se alejó. Se detuvo un momento y siguió caminando. Todo lo que hizo, todo lo que hace, no sé si lo dije, está cargado de un fuerte erotismo.
Pasó mucho tiempo, pero por fin llegó a la casa de él –el que roba sus besos, el que siente el calor de su cuerpo más de una vez por semana- y lo abrazó. Lloró en sus brazos. Lloró y le dijo que ya no quiere ser esa sombra que espera siempre en la misma esquina del café.

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