noviembre 07, 2013

Soñé un poema

Soñe un poema. Lo vi escribirse, lo escuché leerse. No era yo el que lo escribía. Sí, obviamente era yo, no quiero insinuar que dios o alguna otra fuerza estuviera dictando esas palabras. Lo que quiero decir es que eran letras y palabras que salían de la nada, que se deslizaban sobre la realidad como un líquido un poco más viscoso que el agua pero mucho (muchísimo) menos que la miel.
Era un poema en el que predominaba el sonido de la eme. Mujer, murmullo, malicia, “mmm”.
Me desperté y ya no estaba más. No fue otro de los ejemplos ilustres. No fue El extraño caso de Mr Jekyll y Mr Hyde, no fue el terminado a medias Kubla Khan de Coleridge. Fue otro de los sueños perdidos. Quizás fue la única vez que se escuchó ese poema en la Historia (y es con mayúscula porque no sólo es la de los hombres o la Tierra, sino la del Universo)
Empecé a escribir molesto porque me olvidé un poema. Ahora, en el final, me siento triste porque cada sonrisa tuya, cada mirada, cada beso es único e irrepetible en la Historia, y cada uno que me pierdo no va a volver jamás.

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